El Baúl De Los Secretos

Tuve un largo sueño: que llegaba al final de mi vida y por única compañía tenía un baúl. Estaba desesperado, pues tenía la certeza que iba a morir; me reprochaba todo lo que había dejado de hacer, pareciera que la clave a mi falta de audacia estaba en ese baúl que nunca me había atrevido a abrir.
El baúl parecía invitarme a destaparlo; lo confieso, no me atreví. Fue una carga, en ocasiones muy pesada, ¿quién me lo dio?, no lo sé, pero me acostumbré a cargarlo. Espera, creo recordar que en mi sueño lo encontré por casualidad en el bosque, sí claro, una tarde después de llover en forma torrencial, como si el cielo deseara apagar la sed de la tierra.

Me impactó tanto por la belleza de su presencia que lo contemplé largamente, acaricié con delicadeza la madera de roble, los herrajes de plata y sobre todo su chapa dorada; soñé y soñé escenas curiosas en que me empeñaba en abandonarlo pero el baúl volaba siempre a mí, corrí hasta caer exhausto, el sueño se convirtió en pesadilla. No podía ocultarme: en el espeso bosque, en la inmensidad del mar, en el infinito del desierto, en la cima de la montaña, en lo más profundo de un cráter y siempre volvía a mí, caía a mis brazos, en mi espalda, casi quebraba mis huesos.
Por fin, parecía ser el final del sueño; no lo volví a ver, respiré aliviado, me dije a mí mismo: soy libre al fin. Desperté sudando, fue una larga noche de lucha; di gracias de que fue simplemente un sueño.
Me levanté sonámbulo al baño, ruta que he recorrido una y mil veces; cuál fue mi sorpresa al caer bruscamente, un extraño objeto me había derribado; disipé mi somnolencia, ahí estaba el baúl.
Lo contemplé con espanto e ironía, no había sido solamente un sueño, ¿estaba ahí físicamente? Me atreví temeroso a tocarlo, tal vez no había despertado del todo, ¿el sueño continuaba? Sorpresa, como el sol que todas las mañanas rompe la oscuridad de mi habitación, toqué mi cuerpo, sí, era el baúl y yo, me arrodillé, palpé, era real; me reproché por qué en mi sueño no me atreví a abrirlo. Decidido me enfrenté a él, forcejé unos minutos con la dorada chapa, cuatro grapas en sus costados ya oxidadas me lo dificultaron aún más; finalmente cedió, tomé aire, ¿qué iba a encontrar?, mi curiosidad pudo más que mi miedo.
Una luz dorada como el sol mismo invadió todo mi entorno, aroma a sándalo con matices de pino y a tierra húmeda como el despertar del bosque, hojas de pergamino amarillentas con olor a lo antiguo que debemos reverenciar, sin una sola señal, mensaje o misterio, totalmente vacías; las aparté para llegar al fondo. 
Encontré una espléndida manzana, estaba fresca, recién caída del árbol, su aroma inconfundible: era una manzana real. No sabía qué hacer, qué mensaje me enviaba. Decidí partirla con la esperanza de descifrar el enigma, ¡cuál fue mi sorpresa! Como todas las manzanas con una estrella en el centro, conforme pasaban los minutos, empezó a brillar aún más. Finalmente comprendí el mensaje: la fuerza, así como en la manzana, está en el centro de mí ser. En el fondo del baúl surgió una sola palabra brillante y centelleante: “Descúbrete”. 
Decidí en ese momento dejar de luchar por ser lo que no soy, reconocer mi auténtica naturaleza, los talentos con los que nací y con los que también moriré. Descubrirlos y desarrollarlos es mi razón existencial.